Temores nocturnos

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Es usual que los niños le teman al monstruo que sale debajo de la cama, al duende que se esconde en el armario o a dormir con la luz apagada; todas estas son señales de que los pequeños le tienen miedo a la oscuridad.

Este temor es común alrededor de los cinco años, edad en la que el niño ya tiene “mayor desarrollo cognitivo el cual le permite incorporar nuevos conceptos generadores de miedo”, explica el psiquiatra infantil Christian Muñoz.

También se da en esta etapa porque hay un progreso en el pensamiento y la imaginación del niño y le es difícil diferenciar entre la realidad y la fantasía. Incluso, es una edad en la que el niño se vuelve autónomo y empieza a generar sus propias sensaciones.

Por otra parte, el psiquiatra dice que el temor generalmente está vinculado a que los niños no solamente interactúan en el espacio familiar, sino también en el colegio y viven en una sociedad mediática, de la que reciben información que no pueden abstraer ni procesar y, por eso, se imaginan cierto tipo de cosas.

Es decir, otra de las causas por la que los niños le teman a la oscuridad son los estímulos externos que reciben. Como, por ejemplo, ver programas de televisión y películas, y escuchar cuentos que provocan diferentes tipos de miedos. Algunos eventos estresantes que hayan ocurrido en la noche, como un robo, un accidente o un evento dramático también pueden sobrepasar la capacidad cognitiva del niño y disparar este tipo de temor.

¿Qué hacer?

Lo primero que se debe tener en cuenta, dice Muñoz, es que los padres son el ‘termostato’ de las emociones del niño. Es decir, son los encargados de “validar esas emociones y reconocer ese miedo como normal; saber que ellos pueden sentir angustia en ese tipo de situación”.

Cuando el miedo se valida, dice el experto, se garantiza que el niño disminuya su ansiedad. De ahí la importancia de no juzgarlo.

El segundo paso es clarificar, ser un filtro del comportamiento del niño.

Mejor dicho, preguntarle por qué se siente mal ante esa situación, darle seguridad. Para el especialista, cuando se comienza a clarificar la situación, se genera confianza. De esta manera, el niño desvirtúa la información que ha recibido de otros medios y se queda con la que le dio el padre.

Después de ese reconocimiento, se hace importante buscar situaciones simuladas donde el niño realmente pueda estar en la oscuridad.

La ludoterapia pude ser de gran ayuda. El juego hace que los niños se familiaricen con el ambiente y puedan permanecer en un lugar oscuro haciendo alguna actividad. Permite que el niño pueda controlar sus emociones de una mejor forma y que se recree la situación.

¿Cuándo deja de ser normal?

Si el miedo es permanente, persistente y afecta el desempeño funcional del niño (es decir, si el miedo limita al niño para ir al colegio, dormir o una situación similar), deja de ser normal y es mejor consultar.

En este caso, es aconsejable buscar apoyo de un especialista en psiquiatría o psicología infantil

Algunos eventos estresantes que hayan ocurrido en la noche, como un robo, un accidente o un evento dramático también pueden sobrepasar la capacidad cognitiva del niño y disparar este tipo de temor.

Controle sus emociones

Para ello, la psicóloga Infantil Paula Bernal también recomienda:

  • Jugar a las escondidas.
  • Reorganizar la habitación.
  • Regalar una luz ‘antimostruos’ que puede ser una linterna o luces que se conectan a la toma de corriente.
  • Hacer ‘tours’ en el cuarto, junto con los papás; a través del juego, se puede ir alumbrando cada espacio.
  • Acostar al niño con su muñeco favorito. Este puede ser el ‘amigo’ del sueño.
  • Leer cuentos infantiles que hablen del tema con una moraleja positiva.
  • Armar historias, en medio de la oscuridad, que puedan divertir al menor.
  • Si los niños ven televisión y películas, o entran a Internet, evaluar qué tipo de información ven.
  • No es aconsejable llevarlos a la cama de los padres. Esto hace que el menor no se enfrente a la situación, sino que la evada.
  • Este temor es común alrededor de los cinco años, edad en la que el niño ya tiene “mayor desarrollo cognitivo el cual le permite incorporar nuevos conceptos generadores de miedo”

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