
Conecta y crea tiempos de calidad en familia por el Preschool Kids Country House de Bogotá
En la actualidad, los dispositivos digitales están presentes en casi todos los aspectos de la vida cotidiana, incluso desde los primeros años de vida. Los niños de hoy son considerados nativos digitales, es decir, nacen en un entorno tecnológico y aprenden a interactuar con pantallas desde muy temprana edad. En contraste, los adultos que los crían —padres, madres, educadores— son inmigrantes digitales, personas que han tenido que adaptarse a la tecnología a lo largo de su vida. Esta diferencia generacional plantea desafíos importantes a la hora de acompañar a la infancia en el uso saludable de pantallas y tecnología.
Hablar del uso de dispositivos en la infancia es relevante porque puede impactar directamente en el desarrollo integral del niño o la niña. La exposición prolongada y sin regulación a pantallas puede afectar distintas áreas del desarrollo. A nivel cognitivo, puede limitar la capacidad de atención, el pensamiento crítico y la resolución de problemas, especialmente si el uso es pasivo (por ejemplo, mirar videos sin interacción).
En el plano emocional, un exceso de tiempo frente a pantallas puede interferir con el desarrollo de la autorregulación emocional, ya que muchas veces se utilizan como herramienta para calmar o distraer, en lugar de enseñar a identificar y manejar las emociones. En cuanto al desarrollo del lenguaje, los estudios muestran que la interacción verbal con otros humanos es insustituible: ver televisión o usar aplicaciones sin un adulto que medie el lenguaje no favorece una adquisición rica ni funcional del vocabulario.
También hay implicaciones sociales, ya que el juego libre, el contacto con otros niños y la práctica de habilidades como turnarse, negociar o empatizar se ven reducidos si el niño pasa más tiempo con dispositivos que con personas. Y por último, pero no menos importante, el desarrollo físico también puede verse comprometido: el sedentarismo, la falta de movimiento, la exposición a luz azul por la noche y las malas posturas asociadas al uso prolongado de pantallas contribuyen a problemas de salud como obesidad, trastornos del sueño o dolores musculares.
Pero la tecnología no es necesariamente negativa. Puede ser una herramienta poderosa de aprendizaje, de comunicación y de exploración, siempre que se utilice de forma regulada, consciente y adaptada a la edad del niño. Para ello, es importante que los adultos ofrezcan una guía activa y establezcan límites claros y saludables. Una estrategia muy útil es regular el tiempo de pantalla mediante herramientas visuales que sean comprensibles para los más pequeños, como relojes visuales que muestren de forma gráfica cuánto tiempo queda, relojes de arena o temporizadores con personajes que transforman la rutina en una experiencia más lúdica y menos conflictiva. También se pueden utilizar aplicaciones con controles parentales que permitan establecer límites automáticos de tiempo y horarios, así como bloquear contenidos que no sean apropiados para su edad.
Además de controlar el tiempo, es fundamental establecer rutinas claras que incluyan momentos sin pantallas, como durante las comidas, antes de dormir o al despertar. Fomentar otras formas de juego y exploración —como la lectura, el arte, el juego libre o el contacto con la naturaleza— ayuda a que el desarrollo infantil sea más completo y equilibrado. Y sobre todo, no debemos olvidar que el ejemplo es la mejor herramienta educativa. Si los adultos hacen un uso consciente y moderado de sus propios dispositivos, los niños tenderán a imitar esos hábitos saludables.
En resumen, el uso de pantallas en la infancia no debe entenderse en términos absolutos de “bueno” o “malo”, sino como una oportunidad de educar en el equilibrio, el autocuidado y la conciencia. Con acompañamiento afectivo, herramientas adecuadas y límites amorosos, podemos ayudar a que los niños crezcan en un mundo digital que no reemplace, sino que complemente, su desarrollo emocional, cognitivo, físico y social.
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